
Simón llegó a nuestras vidas en 2013 y durante doce años fue el arquitecto invisible de nuestras rutinas, ese que nos esperaba en la puerta a la misma hora, que ronroneaba mientras leíamos en el sillón y que tenía la maña de dormir sobre los papeles que precisábamos urgente. Su forma de saludar cada mañana saltando a la cama, su obsesión por perseguir las sombras en la pared y esa manera particular que tenía de pedir comida con un maullido que sonaba casi a conversación, se convirtieron en la banda sonora de nuestro hogar durante doce años. Ahora la casa tiene un silencio diferente, ese tipo de silencio que duele porque falta el sonido de sus pasos trotando por los pasillos, y nos damos cuenta de que los espacios más pequeños de la casa, donde él elegía recostarse, se volvieron los más grandes de todos.
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