
Simón llegó a nuestras vidas en 2009 y durante cinco años nos despertó cada mañana saltando sobre la cama con esa energía inagotable que lo caracterizaba, ronroneando mientras nos pedía que lo acariciáramos antes de levantarnos. Le encantaba acostarse en el rincón soleado de la sala a media tarde, y siempre sabíamos dónde encontrarlo porque dejaba un rastro de pelos en cada mueble que pisaba con esa elegancia felina que solo él poseía. Su partida en 2014 nos dejó un silencio que todavía no sabemos cómo llenar, porque los rincones de la casa quedaron vacíos sin sus travesuras y sin ese ronroneo que era la banda sonora de nuestros días.
Sé el primero en dejar un mensaje