
Simón llegó a nuestra casa en 2013 y durante seis años fue el que nos despertaba cada mañana con sus saltitos ansiosos, recorría cada rincón de la cocina mientras cocinábamos y se acostaba exactamente donde ponías los pies para que no pudieras levantarte sin acariciarlo primero. Te dabas cuenta de que te conocía tan bien que simplemente con mirar tu cara sabía si era día de paseo largo o si te quedabas triste en casa, y entonces se te pegaba al lado sin que le pidieras nada, como si hubiera estado esperando su turno de cuidarte. Lo que duele ahora es el silencio de esas cosas chiquitas, la ausencia de esos movimientos que estructuraban nuestros días, ese cuerpo que ocupaba un lugar tan preciso en nuestro mundo que dejó un vacío que no se llena con nada más.
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