
Simón fue ese perro que nos esperaba cada tarde en la puerta con la cola agitada, y que se acurrucaba en nuestras piernas sin importar si había lugar o no, recordándonos todos los días lo que significaba ser querido sin condiciones. Vos eras experto en robarnos las medialunas del desayuno con una velocidad que parecía imposible, y en hacerte el dormido cuando te llamábamos para el baño, pero esas travesuras eran justamente lo que nos hacía reír hasta las lágrimas. En estos nueve años dejaste marcas de patas en cada rincón de la casa y en cada rincón de nuestro corazón, y ahora esos silencios sin tus ronquidos nos duelen de una forma que nunca imaginamos que podría doler tanto.
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