
Sultan fue ocho años de saltos a la puerta cuando escuchaba nuestras llaves, de esas ganas locas de vivir cada momento como si fuera el primero, y de esa forma que tenía de mirarnos que nos hacía sentir que éramos lo más importante del universo. Te acordás cómo se tiraba al piso para que le rascáramos la panza, cómo seguía a cada uno de nosotros por toda la casa sin perderse un detalle de lo que hacíamos, y cómo dormía siempre en ese rincón de la cocina donde podía vernos a todos. El silencio en esa esquina donde estabas vos, la falta de esos empujones de nariz cuando querías atención y el vacío de no tener a alguien esperando con ese entusiasmo infinito cada vez que llegábamos a casa, eso es lo que dejaste, Sultan, y eso es lo que nos duele todos los días.
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