
Sultan fue el primero en recibirnos cada vez que volvíamos a casa, moviendo la cola con una alegría que nunca necesitó palabras y que nos hacía sentir que éramos lo más importante del mundo entero. Te gustaba acostarte en los lugares más raros de la casa, especialmente en medio del pasillo donde nadie podía pasar sin tropezarse, y aunque nos quejábamos, extrañamos eso de tener que sortear tu cuerpo tendido en el piso. Dejaste un silencio en la casa que duele más cada día, porque faltás en esos momentos tontos del atardecer cuando nos reuníamos sin planearlo, vos con tu mirada tranquila que lo arreglaba todo.
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