
Sultan tenía esa capacidad especial de saber cuándo necesitábamos su presencia sin que le dijéramos nada, y se acostaba en nuestros pies durante las tardes difíciles como si entendiera cada cosa que nos pasaba por la cabeza. Nos hizo reír infinitas veces con sus rituales de cada mañana, ese modo que tenía de traernos la correa antes de que nos levantáramos de la cama y su insistencia en inspeccionar cada rincón del patio como si fuera el guardián más responsable del mundo. Te extrañamos en los lugares donde vos solías estar, en esos silencios que ahora se sienten más profundos, en la falta de esos ojitos que nos miraban con una lealtad que no necesitaba explicación.
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