
Tango llegó a nuestras vidas en 2016 y durante seis años nos despertó cada mañana saltando sobre nuestras camas con esa energía inagotable que lo caracterizaba, ronroneando mientras nos acercaba la cabeza a la cara como si quisiera confirmar que seguíamos ahí. Nos enseñó a entender sus rituales: la forma en que se posaba en la ventana a mirar el mundo exterior durante horas, cómo se escondía debajo de las mantas cuando llegaban las tormentas, y ese particular maullido que reservaba solo para pedir sus snacks favoritos a la hora exacta de la tarde. Se fue en 2022 dejando un silencio en la casa que todavía duele, ese vacío en los lugares donde solía dormir y en los momentos donde su presencia era tan segura como el aire que respirábamos.
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