
Tango llegó a nuestra vida en 2013 con esa energía incontenible de querer estar en todos lados a la vez, persiguiendo sombras en el patio y robando pantuflas que luego escondía debajo del sofá como si fueran tesoros invaluables. Vos tenías ese don especial de sentir cuándo alguien estaba triste en la casa y te acercabas lentamente hasta apoyar tu cabeza en las rodillas, sin pedir nada, solo acompañando en silencio hasta que la tristeza se disolvía. Cuando te fuiste en 2018 nos quedó ese hueco raro en el pecho, ese espacio vacío en la cocina donde vos esperabas migajas, y esa costumbre imposible de perder de seguir buscándote con la mirada cada vez que alguien abre la puerta de la calle.
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