
Tango era ese perro que se despertaba con vos cada mañana y te seguía de habitación en habitación como si fueras lo más importante del mundo, esperando el momento en que te sentaras para apoyar su cabeza en tus rodillas. Tenía esa costumbre hermosa de traerte sus juguetes mojados de baba cuando llegabas a casa, como si quisiera compartir sus tesoros, y se dormía ronroneando en el sofá mientras vos veías tele, completamente seguro de que ese era su lugar. Desde que se fue en 2019 quedó un silencio raro en la casa, ese espacio vacío en la puerta cuando amanece, la ausencia de sus pasos siguiéndote por los pasillos, y esa forma particular que tenía de quererte sin pedir nada a cambio.
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