
Thor fue nuestro pequeño revolucionario de cinco años que transformó cada rincón de la casa en su reino particular, saltando entre muebles con la gracia de un acróbata y robándose las verduras de nuestras manos con una picardía que nos hacía reír todos los días. Vos tenías la costumbre de acurrucarte en el regazo cuando alguien estaba triste, como si supieras exactamente cuándo necesitábamos tu calidez, y nos enseñaste que la felicidad podía encontrarse en algo tan simple como masticar una hoja de lechuga o binomiar con los dientes. Dejaste un silencio muy particular en nuestro hogar, ese que se siente cuando falta alguien que te esperaba cada mañana, y aunque ya no estés acá para saltarnos en el pecho, seguís siendo parte de los rituales diarios que ahora hacemos en tu memoria.
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