
Thor fue el alma de nuestra casa durante dieciséis años, ese conejo que te saltaba encima cada vez que llegabas del trabajo y que insistía en dormir en la cama con nosotros sin importar cuántas veces lo bajáramos. Su forma de curiosear por cada rincón del patio, de pararse en dos patas cuando quería algo y de ronronear mientras lo acariciábamos nos enseñó que la ternura tiene muchas formas de expresarse. Hoy la casa se siente más silenciosa sin esos pasitos trotadores en el piso de noche y sin esa mirada traviesa que Thor nos daba cuando se metía en problemas, y aunque su cuerpo ya no esté, su compañía sigue viva en cada recoveco donde armaba sus nidos.
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