
Thor fue nuestro despertador viviente, ese que nos sacaba de la cama cada mañana con sus saltos de felicidad y nos obligaba a empezar el día con una sonrisa, sin importar cuán cansados estuviéramos. Amaba perseguir las hojas que volaban en el patio y se quedaba horas mirando por la ventana, como si cuidara la casa desde su puesto favorito, y esos momentos tranquilos junto a él se convirtieron en lo más valioso de nuestros días. El silencio que dejó en 2024 fue ensordecedor, porque no solo extrañamos sus travesuras y su forma de apoyar la cabeza en nuestras piernas cuando algo nos dolía, sino que perdimos esa presencia que hacía que cualquier lugar donde estuviera Thor fuera automáticamente nuestro hogar.
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