
Tigre fue ese gato que se dormía en nuestras faldas mientras veíamos televisión y nos despertaba a las cinco de la mañana pisoteando nuestras caras con una insistencia que era imposible ignorar, pero que extrañamos cada día después de que se fue. Durante doce años fue testigo de nuestras vidas, de mudanzas y cambios, siempre con ese ritual de frotar su cabeza contra nuestras manos cuando llegábamos a casa, como si certificara que seguíamos siendo dignos de su compañía. Dejó un vacío que las habitaciones no saben cómo llenar, y la casa sigue siendo más silenciosa sin sus maullidos exigentes a la hora de comer y sin ese peso reconfortante que pesaba sobre nosotros cada noche.
Sé el primero en dejar un mensaje