
Tigre llegó a nuestras vidas en 2009 con esa curiosidad infinita que lo llevaba a investigar cada rincón de la casa y a seguirnos de habitación en habitación, como si temiera perderse algo importante de nuestro día a día. Durante esos ocho años nos enseñó que la felicidad estaba en las cosas simples: en el ritual de la comida a la misma hora, en perseguir su juguete favorito hasta el cansancio y en esas tardes donde se acostaba entre nosotros para dormir sin preocupaciones. Cuando Tigre se fue en 2017 dejó un silencio que todavía duele, ese vacío en la puerta al llegar a casa y la ausencia de sus movimientos nocturnos que antes nos desvelaban pero que ahora extrañamos con todo el corazón.
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