
Tigre fue ese pez que cada mañana nos esperaba en la pecera con su curiosidad de siempre, persiguiendo nuestras manos cuando nos acercábamos y haciendo que hasta los más chicos de la casa quisieran pasar tiempo viéndolo moverse. Durante ocho años nos acompañó en el living, testigo silencioso de las tardes de lluvia y las cenas en familia, y aunque no hablara, su presencia constante nos enseñó a notar las pequeñas cosas, a cuidar lo frágil y a encontrar paz en su ritmo tranquilo. Cuando se fue dejó un vacío raro en esa esquina donde estaba su casa, y nos quedó la certeza de que había sido mucho más que un pez, había sido parte de los detalles que hacen que una casa sea un hogar.
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