
Tina llegó a nuestras vidas en 2007 y durante dieciséis años fue la testiga silenciosa de cada momento, esa que se acercaba ronroneando cuando alguien estaba triste y que insistía en dormir sobre nuestras camas sin importar cuántas veces la corriéramos. Tenía la costumbre de merodear la cocina a la hora exacta de la cena, de reclamar atención con esos maullidos particulares que solo ella sabía hacer, y de encontrar los rincones más incómodos de la casa para echarse a descansar como si fuera la reina del lugar. Se fue dejando un silencio que no sabemos cómo llenar, ese espacio vacío en la ventana donde le encantaba asomarse y esos momentos antes de dormir donde ya no sentimos su peso tranquilo junto a nosotros.
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