
Tina fue esa presencia que nos esperaba cada vez que llegábamos a casa, con ese entusiasmo que te hacía sentir como si hubieras estado afuera durante años, aunque solo fuera media hora, y esa forma que tenía de apoyar la cabeza en nuestras piernas cuando algo nos preocupaba, como si supiera exactamente cuándo necesitábamos su calma. Durante ocho años compartimos con vos los rituales más simples pero más hermosos: esas caminatas por la mañana donde vos marcabas el ritmo, tus siestas al sol en el patio, y la manera en que te sacudías completamente después de beber agua, como si fuera la cosa más importante del día. Te llevás con vos el sonido de nuestras risas cuando hacías esas cosas que solo vos sabías hacer, y dejás un silencio en la casa que no sabemos cómo llenar, porque cada rincón, cada hora del día, guarda algo de vos.
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