
Tina tenía la costumbre de seguirnos de cuarto en cuarto como si fuera parte de cada conversación, y se acostaba exactamente donde podía vernos sin perder detalle de lo que hacíamos. Cuando llegábamos a casa después de estar afuera, nos recibía con ese entusiasmo que no se cansaba de demostrar, ese salto que hacía hacia nuestras piernas como si no nos hubiera visto en años. En 2020 nos dejó un silencio en la casa que todavía nos duele, ese espacio vacío al lado de la mesa de luz donde dormía, el rincón que nadie más va a ocupar de la misma manera.
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