
Tina fue quien nos enseñó que la felicidad verdadera estaba en las cosas simples: una puerta que se abre, una mano que la acaricia, el olor familiar de quienes ama en casa. Durante diez años nos despertó cada mañana con esa forma particular suya de pedir atención, saltando a la cama con una energía que nos obligaba a sonreír incluso en los días grises. El silencio que dejó cuando se fue es el que más duele, ese espacio vacío junto a la puerta de entrada donde ella esperaba nuestro regreso.
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