
Tita llegó a nuestra casa en 2017 y durante cinco años fue esa presencia que te seguía de cuarto en cuarto, siempre queriendo estar donde estuviéramos nosotros, ronroneando en la cocina mientras cocinábamos y durmiendo sobre nuestras piernas sin importar si dormíamos o no. Te acordás de cómo se tiraba de espaldas en el piso para que le rasguemos la panza, ese ritual que repetíamos cada tarde y que parecía ser lo que más le gustaba del día, ese momento de confianza plena que nos regalaba sin reservas. Se fue en 2022 y dejó un silencio raro en la casa, esos cuartos vacíos donde antes la escuchabas llegar primero que nadie, y nos pasó que durante meses seguíamos guardando comida en su plato sin pensar, porque la costumbre de tenerla acá era más fuerte que la realidad de ya no poder hacerlo.
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