
Tita tenía ese don especial de saber exactamente cuándo necesitábamos que se acercara a apoyar la cabeza en nuestras rodillas, como si entendiera los días grises mejor que nadie y viniera a recordarnos que estaba ahí. Sus tardes eran sagradas: el mismo paseo por la plaza a la misma hora, saludando a los árboles que ya conocía de memoria y parando en ese rincón donde le gustaba sentarse a mirar pasar la gente con esa serenidad que solo ella tenía. El silencio de la casa cambió en 2023 cuando te fuiste, y descubrimos que los espacios vacíos que dejaste son los que más duelen, los que más extrañamos cada día.
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