
Toro fue el primero en recibirnos cada vez que volvíamos a casa, con ese entusiasmo que te hacía sentir como si hubieras estado afuera durante años, y sus paseos por el barrio eran como una ceremonia sagrada donde todos lo saludaban como si fuera una celebridad. Tenía esa costumbre de acostarse exactamente donde vos estuvieras, ya sea en la cocina mientras cocinabas o en el sillón si te sentabas a leer, como si necesitara saber en cada momento qué estabas haciendo. Se fue dejando un silencio que no esperábamos, ese vacío en la puerta al llegar, en la almohada donde dormía, en las noches sin sus ronquidos que antes nos sacaban de quicio y ahora extrañamos como si fueran la cosa más hermosa del mundo.
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