
Toro llegó a nuestra casa en 2016 con una energía inagotable que nos obligaba a salir cada mañana, sin importar el clima, y sus saltos de alegría cuando volvíamos del trabajo eran el mejor recibimiento que alguien podía desear. Tenía la costumbre de llevarse nuestras medias por toda la casa como si fueran trofeos, dormía siesta con la cabeza apoyada en nuestras rodillas y se hacía el desentendido cuando le llamábamos, pero acudía apenas escuchaba abrir la heladera. Desde que se fue en 2021, la casa quedó en silencio y las caminatas matutinas ya no son lo mismo sin ese cuerpo inquieto que saltaba en cada esquina, dejando un vacío que los cinco años que compartimos no alcanzan a llenar.
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