
Toro llegó a nuestras vidas en 2010 y durante doce años fue el primero en recibirnos en la puerta cada vez que volvíamos a casa, saltando de alegría como si fuera la primera vez que nos veía. Te encantaba perseguir las hojas que caían en el patio y dormir en el rincón de la cocina donde podías vigilarnos mientras cocinábamos, siempre atento a cualquier sonido o movimiento nuestro. El silencio de esa esquina donde solías esperar es lo que más duele ahora, porque la casa quedó más grande sin tu presencia, sin tus ganas de estar cerca, sin ese cuerpo tibio que se recostaba en nuestros pies cuando algo nos entristecía.
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