
Toro llegó a nuestra vida en 2016 y durante una década llenó cada rincón de la casa con su costumbre de seguirnos de habitación en habitación, como si tuviera miedo de perderse un solo momento con nosotros. Te acordás de cómo se tiraba al piso cada vez que alguien llegaba a casa, pidiendo caricias con ese entusiasmo que no se le iba ni en los días más grises, y cómo insistía en dormir sobre nuestras camas sin importar cuántas veces lo bajáramos. Se fue dejando un silencio en la casa que todavía nos cuesta llenar, ese vacío en la puerta cuando llegamos, en la cama por las noches, en los paseos que ahora hacemos sin vos.
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