
Toto llegó a nuestra casa en 2012 y durante trece años fue el responsable de que cada mañana fuera especial, saltando de rama en rama en el balcón mientras nosotros tomábamos café y nos reíamos de sus ocurrencias. Te conocíamos cada gesto, cada canción que entonabas en las tardes de lluvia, cómo te gustaba que te habláramos en voz baja antes de dormir, y esa manía de perseguir tu reflejo en el espejo que nos tenía a todos pendientes de no dejar la puerta abierta. Desde que te fuiste en 2025, la casa quedó en un silencio que duele, ese silencio donde antes había música, movimiento y la certeza de que alguien nos estaba mirando con esos ojos que lo sabían todo.
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