
Toto llegó a nuestra casa en 2005 y durante diez años fue ese ser que nos esperaba cada tarde en la ventana, ronroneando mientras nos contaba el día con sus maullidos insistentes que nadie en la familia se animaba a ignorar. Tenía la costumbre de dormir en la cama del medio, justo en el lugar donde nadie podía moverse, y de robarnos la comida del plato con una picardía que nos hacía reír incluso cuando nos enojábamos. Cuando se fue en 2015, la casa quedó demasiado silenciosa y los lugares donde solía tumbarse se convirtieron en esos espacios que uno evita mirar porque duele, pero donde lo seguimos viendo.
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