
Toto llegó a nuestras vidas en 2005 y durante seis años fue el alma de nuestra casa, ese ser que nos esperaba cada tarde en la puerta con su particular forma de ronronear que parecía un motor pequeñito ronco y feliz. Te acordás cómo se metía en la cama entre nosotros los domingos a la mañana y nos obligaba a quedarnos quietos porque si nos movíamos un poco te miraba con esos ojos que parecían decir que habíamos cometido la peor injusticia del mundo. Desde que se fue en 2011 quedó un silencio raro en casa, ese espacio vacío en el sofá donde dormía enrollado, y aunque pasan los años todavía sentimos que falta alguien para mirar cuando algo nos hace gracia.
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