
Toto llegó a nuestra casa en 2007 y durante quince años fue el primero en recibirnos en la puerta cada vez que abríamos la puerta, saltando con una alegría que nunca se apagó ni en sus últimos días. Tenía ese don de saber exactamente cuándo uno estaba triste y se acostaba a tu lado sin pedir nada, solo acompañando en silencio mientras vos necesitabas que alguien estuviera ahí. La casa quedó vacía cuando Toto se fue, no solo porque su cuerpo ya no caminara por los pasillos, sino porque se llevó esa forma única que tenía de hacer que cada momento cotidiano fuera especial.
Sé el primero en dejar un mensaje