
Toto llegó a nuestra casa en 2006 y durante nueve años fue el que nos esperaba cada tarde en la puerta, saltando y moviendo la cola como si fuera la primera vez que nos veía, porque para él cada regreso nuestro era una fiesta que no se cansaba de celebrar. Te acuerdas de cómo se dormía en el sofá con la cabeza en nuestras piernas, ronqueando sin culpa mientras nosotros veíamos televisión, esos momentos quietos que ahora extrañamos más que cualquier cosa. Se nos fue en 2015 y dejó un hueco en la casa que no se llena, porque Toto era el que nos enseñó que el amor verdadero no necesita palabras sino sólo presencia, fidelidad y esa manera tan suya de mirar que decía todo lo que tenía que decir.
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