
Trueno era ese gato que se tiraba a nuestros pies apenas nos sentábamos en el sofá, ronroneando como un motor que nunca se apagaba, y que nos obligaba a quedarnos quietos por horas porque levantarse era una traición que él no perdonaba fácilmente. Tenía la costumbre de esperarnos en la puerta cada vez que llegábamos a casa, como si hubiera pasado una eternidad en lugar de solo algunas horas, y nos recibía con esos maullidos particulares que parecían reclamos tiernos de alguien que se había extrañado de verdad. El silencio de la casa sin sus pasos por los pasillos y sin ese peso cálido que nos buscaba en las noches frías dejó un vacío que aprendimos a llevar, pero que nunca vamos a poder llenar completamente.
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