
Trueno fue ese perro que te esperaba en la puerta cada vez que llegabas, saltando y girando en círculos como si fueras la persona más importante del mundo, y que se acostaba en tus pies apenas te sentabas sin importarle nada más. Durante diez años nos enseñó que la alegría podía ser tan simple como un paseo por la manzana o compartir la siesta en el sofá, y que la lealtad no se negocia ni se cuestiona nunca. Dejaste un vacío en esta casa que ningún otro animal podría llenar, porque fuiste vos, con tu forma particular de ser y de querernos, y eso no tiene reemplazo.
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