
Trueno llegó a nuestra casa en 2012 trayendo esa risa contagiosa que solo él sabía regalar, con su forma particular de saltarnos encima cada vez que abríamos la puerta como si fuera la primera vez que nos veía. Durante catorce años fue testigo de todos nuestros cambios, esos días grises donde él se acostaba a nuestros pies sin pedir nada, solo estando, enseñándonos sin palabras que a veces la presencia es todo lo que importa. Se fue en 2026 dejando un vacío tan grande que hasta el silencio de su ausencia resuena en los rincones donde solía esperar, en la puerta donde ya no nos recibe, en esos momentos donde instintivamente buscamos su mirada cómplice que ya no está.
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