
Trueno llegó a nuestras vidas en 2014 y durante quince años fue el que nos despertaba cada mañana con esa forma particular de saltar a la cama, como si tuviera que asegurarse de que todos seguíamos ahí y que el día podía empezar. Te encantaba acostarte en los pies de la cama en las noches frías y eras imparable cuando sonaba la palabra paseo, ladrando sin control hasta que agarrábamos la correa, pero en la vereda eras quien nos llevaba de la mano, paciente y tranquilo. La casa quedó distinta sin vos, sin ese ruido de las uñas en el piso, sin la cabeza apoyada en nuestras rodillas pidiendo caricias, sin la certeza de que al llegar alguien te iba a recibir como si fuéramos lo más importante del mundo.
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