
Tuca fue esa presencia silenciosa que nos enseñó que el amor no necesita palabras, con esos ojos que nos miraban desde la ventana cada vez que salíamos y esos ronroneos que llenaban los silencios más solos de la casa. Te amábamos por tu forma particular de acercarte cuando alguien estaba triste, por esas vueltas que dabas alrededor de nuestras piernas en la cocina esperando migajas, y por la manera en que reclamabas atención con ese maullido inconfundible que nadie más en el mundo tenía. En estos diez años tejiste un hilo invisible con cada uno de nosotros que no se rompe, y ahora cada rincón de la casa respira diferente porque ya no estás ahí para habitar con esa quietud hermosa que solo vos sabías llevar.
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