
Tuca llegó a nuestras vidas en 2006 y durante once años fue esa presencia constante que nos esperaba cada tarde en la puerta, con ese movimiento inconfundible de cola que decía más que cualquier palabra, enseñándonos que la felicidad podía vivir en los detalles más simples del día a día. Te acordás de cómo se dormía en la cocina mientras cocinábamos, cómo insistía en acompañarnos a cada rincón de la casa como si tuviese miedo de perderse algo importante, y cómo sus ronquidos se convirtieron en la banda sonora de las tardes tranquilas que ahora extrañamos tanto. Dejaste un vacío que no se llena con nada, porque no sos reemplazable, Tuca, porque fuiste parte de nuestras historias, de nuestras risas, de esos momentos donde simplemente estar juntos era suficiente.
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