
Tuca fue quien nos enseñó que la felicidad vivía en las cosas simples, como perseguir la pelota hasta el cansancio y dormir acurrucado en el sillón de la sala mientras nosotros mirábamos tele. Durante estos ocho años nos acostumbramos a escuchar sus ronquidos peculiares, a esperar pacientemente en la puerta cuando se iba, y a que fuera la primera en saludar cada vez que alguien llegaba a casa con ese entusiasmo inagotable. Se fue dejando un silencio que todavía nos duele, ese vacío en las rutinas diarias y en los rincones donde le gustaba echarse, pero también nos dejó la certeza de que tuvo una vida llena de amor y cuidados.
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