
Turco llegó a nuestra casa en 2015 y durante doce años fue el dueño absoluto del sofá de la sala, ese lugar donde se instalaba apenas salía el sol y desde donde nos observaba con esa paciencia infinita que solo él tenía para esperar que alguien se sentara a su lado. Vos eras experto en desaparecer justo cuando queríamos cepillarte, pero aparecías al instante si escuchabas el sonido de la heladera, y esa contradicción tuya, esa mezcla de independencia y hambre, fue parte de lo que hizo tan especial cada día junto a vos. Se fue en 2027 dejando un silencio raro en la casa, ese que notás sobre todo a las cinco de la tarde cuando no está ese ruidito particular de sus pasos buscando dónde acomodarse, y aunque el tiempo pase, ese vacío en el sofá sigue siendo lo primero que miramos cuando entramos.
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