
Turco fue el primero en despertarse cada atardecer, corriendo en su rueda con una energía que nos hacía reír desde la cocina mientras preparábamos la cena, y esa costumbre de quince años se volvió parte del ritmo de nuestras tardes. Te gustaba acumular todo en las mejillas y esconderlo en rincones imposibles, como si supieran algo que nosotros no, y más de una vez encontrábamos semillas en los lugares más raros de tu casita. La casa quedó rara sin ese sonidito pequeño que hacías por las noches, ese movimiento diminuto que nos recordaba que vos estabas ahí, viviendo tu vida junto a la nuestra en silencio, y ahora ese vacío es donde guardamos todos los momentos que compartimos.
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