
Turco fue ese perro que se paraba en la puerta cada vez que nos íbamos, con los ojos pidiendo que no nos fuéramos, y que cuando volvíamos saltaba como si hubiéramos estado años afuera en lugar de horas. Sos el que nos enseñó a viajar más lento, a detenernos a mirar una pelota rodar por el patio, a sentir que alguien te espera con la cola entera temblando de alegría. En estos cinco años te llevaste algo que no sabíamos que se podía echar tanto de menos, ese silencio en la cocina a la hora de comer y esa forma tuya de apoyar la cabeza en nuestras piernas cuando algo andaba mal.
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