
Turco era ese perro que te seguía de habitación en habitación sin pedirte nada, solo queriendo estar donde vos estabas, y que se tumbaba en el pasillo a esperar aunque supiese que tardarías horas. Con ese hocico que levantaba cada vez que sonaba la puerta, se pasaba las tardes esperanzado de que alguien llegara del trabajo, y cuando lo hacía saltaba con una alegría tan genuina que hacía olvidar cualquier mal día. Dejó un vacío en esa casa que nadie más llena de la misma manera, en esos espacios donde sus rutinas se cruzaban con las nuestras y que ahora quedan en silencio esperándolo.
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