
Turco sos ese perro que nos enseñó a estar presentes, el que se sentaba en la ventana cada tarde esperando que volviéramos y nos recibía como si hubiésemos estado una eternidad afuera, haciendo que cada llegada a casa fuera un festejo. Tenías esa forma particular de pedir permiso antes de subirte al sofá, mirando con esos ojos que parecían preguntar si hoy podías quedarte un rato con nosotros, y la casa entera se iluminaba cuando decidías que sí. Dejaste un silencio raro en los rincones donde dormías y en esa hora de la tarde cuando solíamos salir a caminar, pero también dejaste cinco años de esas pequeñas cosas que hacen que una familia sea realmente un hogar.
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