
Turco era ese perro que te esperaba cada tarde en la puerta con la cola moviendo como si fuera la primera vez que te veía, y que se dormía en tus pies mientras vos leías o mirabas la tele sin pedirte nada más que estar ahí. Durante dieciséis años nos enseñó que la felicidad vivía en las cosas simples: una caricia en la cabeza, un paseo por la cuadra, compartir el sofá en los días de frío, y esa manera que tenía de apoyar su cabeza en tu regazo cuando sentía que alguien en la casa necesitaba consuelo. El silencio que dejó Turco cuando se fue es el que te hace darte cuenta de cuánto ruido es la vida cuando alguien que amas está en ella, y cómo la casa entera respira diferente sin sus pasos.
Marina C.
23 de junio de 2026
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