
Ventisca fue el habitante más activo de nuestra casa durante catorce años, trotando por sus túneles a altas horas de la noche y llenando la cocina con ese sonido inconfundible de ruedas girando que se convirtió en parte de nuestras noches. Tenía la costumbre de guardar sus semillas favoritas en rincones secretos y nos encantaba descubrir sus pequeños almacenes escondidos por toda la jaula, como si quisiera asegurarse de que nunca le faltaría nada. Ahora que se fue, los silencios nocturnos de la casa pesan diferente y nos damos cuenta de cuánto espacio ocupaba ese cuerpito pequeño en nuestros días, en nuestras rutinas y en la forma en que cuidábamos ese rinconcito que era su mundo.
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