
Ventisca fue ese perro que nos despertaba cada mañana con sus saltos contra la cama, exigiendo que le abriéramos la puerta para hacer su ronda completa por la casa antes de desayunar, como si tuviera que inspeccionar que todo estuviera en su lugar. Durante doce años nos enseñó a interpretar cada gruñido suave, cada forma de apoyar su cabeza en nuestras piernas cuando algo no andaba bien, y esa costumbre de seguirnos de habitación en habitación como si temiese que desapareciéramos si nos perdía de vista. El silencio de esas mañanas sin sus saltos ansiosos, la ausencia de su respiración ronca mientras dormía en el rincón de la cocina, dejó un vacío que ninguna otra compañía logra llenar completamente.
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