
Vito tenía esa costumbre de esperarnos en la puerta cada vez que llegábamos, ronroneando como si hubiera estado contando los minutos, y sos consciente de que ese ritual diario era lo que nos anclaba después de los días difíciles. Te acordás de cómo se tumbaba en el rincón más soleado de la cocina mientras comíamos, observándonos con esos ojos que parecían entender todo lo que decíamos sin necesidad de palabras. Desde que se fue en 2018, la casa quedó más silenciosa y extrañamos esa presencia suya, tan simple pero tan necesaria, que hacía que todo tuviera sentido.
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