
Vito era ese perro que se sentaba en la puerta de la cocina esperando migajas y nos miraba con una paciencia que nos enseñó a bajar el ritmo en los días más locos. Todas las tardes nos recibía con el mismo entusiasmo en la puerta, como si fuera la primera vez que nos veía, y eso nos hacía sentir que éramos lo más importante del mundo. Se fue en 2020 dejando un silencio en la casa que todavía duele, esos espacios vacíos donde solía dormir y esas rutinas que ya no tienen sentido sin él.
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