
Vito fue durante catorce años ese ser que nos esperaba en la puerta cada vez que llegábamos a casa, moviendo la cola como si fuera la primera vez que nos veía en la vida. Le encantaba dormir en los lugares más incómodos de la casa, siempre eligiendo una silla o un rincón donde sabía que alguien terminaría tropezando con él, y eso parecía hacerlo profundamente feliz. Dejó en nosotros un vacío que no se llena con otra cosa, porque se llevó esas pequeñas rutinas que hacían que cada día tuviera un propósito claro: estar ahí para él, tal como él estuvo siempre para nosotros.
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