
Vito fue esa presencia constante que nos esperaba cada tarde en la puerta, moviendo la cola como si fuera la primera vez que nos veía después de años, y que transformaba cualquier paseo rutinario en una aventura llena de curiosidad y entusiasmo genuino. Lo que más vamos a extrañar es esa costumbre que tenía de recostarse sobre nuestros pies mientras mirábamos televisión, como si supiera exactamente cuándo necesitábamos su peso tranquilizador y su respiración pausada cerca. Durante diez años Vito fue el que nos enseñó que el amor más puro es el que no pide explicaciones, y dejó en esta casa un silencio que duele porque antes estaba lleno de sus movimientos, sus sueños agitados y ese particular modo que tenía de ser parte de cada momento nuestro.
Sé el primero en dejar un mensaje